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Arte de pjaros
Texto: Roberto Castillo
Fotos: Ren Cid
25 de Abril de 2003
Roberto Castillo
Los domingos en la maana un tumulto se toma la Plaza Vieja de La Habana Vieja. Entre tanta senectud de nombres, es la juventud la que domina. Los jvenes gesticulan enracimados, discutiendo precios y mritos de su mercadera. La mercadera, por su parte, cautiva y acalorada, apenas aletea dentro de las jaulas depositadas en el suelo. Los que no tienen jaulas llevan la mercanca entre las manos, y no se sabe si la aprisionan o la acarician mientras la ofrecen. En la Plaza Vieja, los domingos en la maana se venden pjaros de todo tipo. Los que predominan son los vendedores de palomas.
El que pregunte cualquier cosa en Cuba tendr respuesta. Lo que nunca se sabe es si esa respuesta corresponde a una pregunta distinta.
Se comen?
La gente come cualquier cosa, t sabes. yeme. A m lo que me gusta es criarlas para echarlas a volar. La cosa es atraer ms palomas que se embullan ah y uno las coge.
Habr unas quinientas personas ofreciendo sus palomas en la plaza, y mil que revolotean a ras de pavimento, sopesando, negociando. Un olor a muchedumbre juvenil, almizcle tropical, se funde con el aire de alquitrn del puerto. No se ven turistas en los densos corrillos donde se transan pjaros variopintos; esto es asunto entre cubanos.
Mirando un arco de la plaza, me acuerdo de la imagen de Fidel en un noticiero antiguo. Se queda afnico delante de la multitud expectante y tiene que desistir, pero en eso aparece quizs de dnde una paloma blanca que lo confunde con una estatua y se le posa en el hombro. Y entonces Fidel recupera el habla. Muchos cubanos en ese momento vieron al Espritu Santo ungiendo al lder, pero otros vieron la caricia alada de Obatal, el orisha que rige el conocimiento. Y me cae la teja: la paloma es esencial para los ritos de sacrificio. Sigo preguntando.
Por qu t preguntas tanto, chico?
Porque no s.
Ah, bueno, yeme, yo tampoco s. Yo las vendo y el que compra tiene libertad, t me entiendes?
De vuelta en el hotel, me persigue el tema avcola. Unos empresarios chilenos discuten sobre si en Cuba mean o no mean las gallinas. Me dan ganas de decirles que me consta que s. Mean igual que como ponen huevos clandestinos, o sea calladitas, palpitando en su escondite como entre las palmas sudorosas de un adolescente. He visto pasar ms de una gallina muda como paloma dentro de los conventillos de La Habana Vieja, picoteando donde no llegan las farolas de la remodelacin, ni los dlares del turismo, en los patios donde huele a orines cuando llueve y donde las alcantarillas se dieron por vencidas en tiempos del infante difunto.
Las palomas de La Habana le han enseado su silencio tambin a los chanchos que la gente cra amarrados a una que otra antigua escalerona seorial. Vi uno que admiraba, piola, un vitral de medio punto, eterno sol de su pequea cit desmoronada. Tal vez el animal descubra el misterio de las letras debajo del ventanal azul, naranja y amarillo, una cita multiuso de Mart: "La patria es cielo de todos". Y callaba como buen chancho, disimulando el gruir.
Si las aves y los chanchos callan en Cuba, las verduras hablan. Una guayaba en un mercado me gui el ojo y me explic el sistema de propiedad de la tierra. Y una fruta-bomba me advirti que ella y las pias y lechugas que la rodeaban provenan de unos huertos urbanos que algn da convertiran la ciudad en una jungla de abundancia y de verdor.
Hablando a coro, y citando a Mart ("por el aire dormidos, engullndose mundos"), las frutas tropicales me advirtieron que no creyera en cuentos de plumferos renegados. En ese momento se sintieron unos estampidos que silenciaron el mercado, y me atenaz el hombro la mano de un experto avcola que me confirm con una fehaciencia muy habanera: "Diles a tus compatriotas que las gallinas cubanas jams mean".
Ahora que estoy de vuelta, me encargo simplemente de informar de lo visto y lo vivido en esa extraa isla. Porque, como deca el cronista Bernal Daz del Castillo, quin lo va a contar? Acaso los pjaros que pasaban por los cielos de La Habana?
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