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Mircoles 13 de agosto de 2003









Regiones de la imaginacin
Texto: Roberto Castillo
Fotos: El Mercurio


Foto:El Mercurio


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La vida por delante



Temas


21 de Febrero de 2003




Siempre escucho con envidia las conversaciones de mis amigos de provincia, particularmente entre chilotes. Se les nota que comparten un vnculo del que me siento excluido. Ser que no tengo la retina marcada por el agua y el verdor de sus paisajes isleos, tan incomprensibles para los capitalinos como las lluvias apocalpticas con que nos meten miedo: "Llueve de abajo para arriba, mi chiquito, la gente tiene que salir con escafandra o dos paraguas, uno para arriba y otro para abajo". En el habla de los chilotes aparecen de repente joyas que podran ser arcaicas, o bien anuncios del castellano que deberamos hablar en el futuro. Si uno no tiene idea de lo que es un planto o un flojero, lo explican con amabilidad y siguen en sus conversas pluviales. Su trato est bordado de filigranas que los bruscos santiaguinos nunca somos capaces de imitar con gracia. Es que los chilotes y los provincianos en general saben ser sutiles y hasta elegantes para marcar diferencias. Practican la exclusin slo por necesidad y lo hacen con la delicadeza de un arte, mientras que los capitalinos excluimos por vicio reflejo y muchas veces con una arrogancia brutal.

Lo que pasa es que santiaguinos y chilotes no slo estamos separados por la geografa, sino que habitamos en distintas regiones de la imaginacin, plagiando el trmino que Flix Martnez Bonatti acu para leer el Quijote. Por ms que busquemos acomodarnos mutuamente, algo nos dice que la zona de contacto entre esas regiones de lo imaginario, all donde compartimos la risa y el curanto, est lejos del corazn profundo de nuestras respectivas patrias.

A los capitalinos se nos escapan fcilmente las diferencias entre las regiones de la imaginacin que coexisten dentro del mapa borroneado que llamamos Chile. No deja de sorprendernos que haya disparidades profundas y hasta insalvables entre los que nos llamamos (a falta de otro apelativo menos siglo-pasado) compatriotas. Mientras ms nos conocemos, paradjicamente, ms se revela que la nacin no es esa antisptica "comunidad imaginada" de que hablan los tericos. Pertenecer a una nacin es algo mucho ms equvoco e inasible. Es como soar que compartimos un inmenso corazn trasplantado, lleno de recovecos, suturas y parches. Un corazn ajeno que pulsa en pecho propio, fantasmagrico y temeroso del rechazo.

Los capitalinos somos dados a apropiarnos de todo, esa es otra diferencia. Hablamos como si todos los chilenos supieran de nuestros imbunches de mercado persa, de nuestros traucos de micro llena, de las pincoyas de zanjn que varan por la noche en playas de tramoya, o de las fiuras teidas de rubio que se drogan de humo txico y hacen dedo en las circunvalaciones, al acecho de automovilistas incautos. Hablamos como si fuera obvio que cuando decimos Caleuche nos referimos al carro del metro que navega de noche por la lnea 2, tripulado por suicidas y desaparecidos. Los santiaguinos damos por hecho que los chilotes entienden lo que significa la palabra "multitud", y nos hacemos la ilusin de comprender lo que ellos imaginan cuando dicen "soledad" o "sur", o "lejana".

Mencionaba a Flix Martnez Bonatti porque su concepto de "regiones de la imaginacin" sugiere que Cervantes entrelaza en el Quijote lenguajes y estilos que vienen de universos expresivos incompatibles. Frente a la variedad de aventuras en caminos, ciudades, islas, o a campo abierto, no sirve la locura asimiladora de don Quijote, quien lo ve todo segn los patrones tarzanescos (yo Quijote, t Dulcinea) de las novelas de caballera.

Es cierto que necesitamos tener una visin unificadora y hasta un poco febril para sostener la quijotada flacuchenta de nuestra nacin. Pero tambin necesitamos sobre todo cuando las lecturas nicas de la realidad imponen su tirana saber reconocer las diferencias entre territorios, para que la aventura se convierta en verdadero aprendizaje.

Don Quijote era incapaz de discernir entre tteres, cuidadoras de chanchos, princesas, pastores, bandidos o peregrinos, bacinicas o yelmos, o entre el ser y el parecer de las cosas del mundo. Para explorar las regiones del imaginario nacional se necesitan lectores versados en el arte de descifrar la pluralidad, lectores que no se traguen todo lo que leen y que distingan, ojal, la diferencia entre caleuches de ac y de all.

La prxima vez que me siente a conversar entre sureos, voy a suavizar la sensacin de sentirme forastero, reconociendo que Santiago no es Chile y admitiendo que la nsula barataria de la capital es, si me dejo de cuentos, mi verdadera patria.

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El Mercurio
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