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Mircoles 13 de agosto de 2003









Vida nueva
Texto: Roberto Castillo
Fotos: El Mercurio


Foto:El Mercurio


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La vida por delante



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27 de Diciembre de 2002




Si lo pensamos un poco, el futuro no existe. Como peregrinos despistados que somos, tenemos que inventarlo, rasgando calendarios para seguir en ruta. Y qu ocasin ms propicia para imaginar futuros que el ritual de abrazos, fuegos de artificio, elxires y trasnochadas con que nos fortalecemos para el Ao Nuevo.

Conocemos bien vagamente el recorrido que nos espera. Lo nico que sabemos con certeza es que cuando lleguemos a la lejana provincia del prximo diciembre si es que no nos voltea un recodo traicionero, por ah por los despeaderos de junio y julio, nos tocar hacer aduana para la siguiente regin ignota, siglo adentro. As est configurada esta famosa odisea, por acumulacin y por repeticiones, no hay nada que hacer.

Cada vez que uno cruza la frontera de cada ao, surge el reflejo de volver la vista atrs. El problema es que la memoria es imperfecta, los recuerdos se ponen lobos: quin es este en esta foto, cmo se llamaba ese bar ah en la esquina de, cmo se llamaba, esa calle que quedaba en, cmo se llamaba esa ciudad que alguna vez estuvo en, cmo era el nombre de ese pas que apenas recuerdo?

Porque si el futuro no existe, el pasado en rigor tampoco. Tenemos que reconstituirlo a punta de souvenirs, amuletos capaces de evocar lo que se ha perdido para siempre: alguna fotografa, el color incierto de un juguete desvencijado, pedazos de papel, cifras digitales o sencillamente cicatrices marcadas a fuego en la blanda bitcora del cuerpo.

En otras pocas del ao, ignoramos porque no sabemos bien qu hacer con ella la cualidad precaria de la existencia, esa sensacin de fragilidad con sabor a absurdo que nos invade en los momentos menos pensados. Pero a fin de ao se abre el espacio para la retrospeccin, para la introspeccin, y tambin, por qu no, para el arriesgado arte del vaticinio. En los rituales de Ao Nuevo, el pasado y el futuro se revelan como producciones constantes, hasta febriles, de la memoria, el deseo, la imaginacin. Se deja ver con ms claridad en estos momentos el misterio que le otorga a nuestra vida la cualidad vvida y frgil de los sueos. (Piensa en lo que pasa por tu corazn en medio de un abrazo, por ejemplo, o al cortar las cintas de un regalo). Dentro del vaivn embriagador entre estas dos regiones del tiempo, se nos va aclarando o se nos va olvidando quines somos.

Nos inventamos entonces el futuro, ao a ao, con presagios y anhelos. En esta tarea, toda superchera vale. T te comers 12 uvas a la medianoche, t te pondrs calzones amarillos, t te agenciars un plato de lentejas, a ti no te importar que se ran los que te vean dar una vuelta a la manzana con una maleta vaca en la mano, t abrirs o cerrars puertas y ventanas, t hars el aseo como si se tratara de un sacramento, t hars promesas con un ahnco que llegar a conmoverte a ti mismo, t elegirs con esmero a quien darle el primer abrazo, t calculars las coordenadas del primer beso, t simulars que dejas todo al azar, t abrazars a desconocidos en la calle (a lo mejor te irs a acostar temprano, para salpicar con tu pesimismo resentido la blancura virginal del ao que empieza), t inventars tu propio rito acomodaticio, t decidirs perder la timidez para bailar, a ti te parecer que ya est bueno de tanta comemierdera en tu vida, y as, cada uno de nosotros har un ensayo ritual de cmo se va a plantar frente al nuevo territorio.

T saldrs, medio mareado colmado de gratitud, de aoranza, o simplemente de cola de mono a tomar el aire del patio, cerca de la medianoche. Quizs te caer la teja por fin y sabrs que el tiempo es, simultneamente, la joda y el regalo de esta carrera de sacos por el mundo. Te animars entonces a inaugurar el ao, en soledad, en el patio fragante, bajo el cielo de verano arrebatado de estrellas, acaso atrevindote al gesto transgresor de regar las plantitas para marcar tu epifana y hacerle una finta intil al sentimentalismo. Tal vez blandirs luego tu vaso, medio lleno, como si fuera el amuleto ms potente, y tu sonrisa refulgir, mirando el cielo, con un destello pirotcnico. Ah te poseer una vez ms la esperanza olvidadiza y deshilachada, pero inexorable, que te surge del corazn cada vez que muere la noche vieja y llega por fin la vida nueva.


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El Mercurio
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