 







|
Pibes de todos
Texto: Roberto Castillo
Fotos: Vctor Rojas
30 de Agosto de 2002
Roberto Castillo
Nunca me voy a olvidar de don Agustn, quien lleg un da a Chile a educar salvajes a golpes de regla y borrador. Desde el momento en que nos escrut con sus anteojos poto de botella, nos encontr inapelablemente inferiores. Como vena de Argentina, haba adoptado ciertos gestos porteos y le haba aadido modismos lunfardos a su castellano burgals. Tom la costumbre de llamarnos "zonzos" y endilgarnos sermones que empezaban con "el pibe argentino bla, bla, bla...". El pibe argentino era siempre ms despierto, ms audaz, canchero, tanguero y as de las divisiones con decimales. Recuerdo pesadillas en que los famosos pibes argentinos nos hacan zumbar en una gymkana de puras humillaciones, perdamos hasta en la competencia de payaya con esos chicos-potencia, mientras el cura Agustn, descamisado y con la cara pintada albiceleste, gritaba "dale dale-u, tens que ser campeun".
Tampoco me olvidar de don Vicente, inspector del colegio marianista, por la dulzura con que nos insultaba llamndonos "filipinos!", especialmente cuando la humedad del invierno le despertaba la bala republicana alojada en su cadera desde la batalla del Ebro. No hay olvido tampoco para don Jorge, conocido por su aficin a sobajear los muslos de los pupilos incautos que se acercaban a pedirle explicaciones de geometra.
Volvamos a don Agustn. Tanto nos hinch con los famosos pibes argentinos, que los padres y apoderados le pidieron en una reunin que la cortara, que nos estaba acomplejando, que todo el Cuarto A estaba con la autoestima por el suelo. En esos tiempos nadie hablaba de "autoestima", pero esa era la idea. Como resultado, el sensible pedagogo aument la fogosidad de sus arengas apocadoras, y aadi al repertorio que el pibe argentino no era mariquita ni acusete como nosotros. Refin y reforz su sutil didctica de cachetadas, pellizcos, coscorrones y sadismos surtidos. Esto ltimo fue lo que nuestros preocupados padres pasaron por alto, en su afn de proteger la semillita amenazada de nuestra identidad patria: no se dieron cuenta de que mucho ms nocivo que cualquier mofa antichilena era el castigo fsico que nos infliga a punterazos, borradorazos, tironeos, sacudidas y pasadas de goma por la sien. El bajoneo era producto de la impotencia, del miedo constante frente a las represalias del santo energmeno de nuestro profesor jefe.
Un da, entre varios (los mateos y los porros unidos jams sern vencidos), planeamos la venganza, una especie de plan zeta pero de verdad en que les caamos todos encima a esos viejos. Habamos hecho bien el aprendizaje: el desquite era meticulosamente idntico a la ofensa, la violencia se pagaba con golpes y el escarnio, con humillacin. La pedagoga de la fuerza que habamos visto ejemplificada en nuestros profesores, dio su oscuro fruto en la fantasa revanchista plasmada en un cuaderno de composicin. Ha pasado mucho tiempo desde 1967, pero los nios de hoy siguen aprendiendo, como ser mientras duremos como especie, del ejemplo de los mayores, no de sus palabras. Eso pens al encontrarme un da en el centro de Santiago en medio de la ltima intifada pndex. No quiero justificar, sino explicar esa violencia, al sostener que ellos aprendieron la leccin ms difana que entre todos les hemos enseado de mil maneras; es decir, que la violencia contra los dems es tolerable como instrumento poltico, que funciona muchsimo mejor que la razn, y que es infinitamente menos complicada que el dilogo o la compasin. Saben bien esos nios que los adultos no tenemos un piso moral muy firme para sermonearlos. Al fin y al cabo, hemos optado por permitir que caminen libremente por nuestras calles criminales conocidos: cuntos paraderos destripados equivalen a un golpe de picana elctrica?
A pesar de todos los logros de los ltimos aos, es difcil justificar frente a estos cabros amotinados la persistencia de una desigualdad que en un par de aos marcar sin apelacin el resto de sus vidas. No lo podemos conversar bien con ellos, porque no conocen el imperio de la razn, sino el de la fuerza y el autoritarismo en las instancias claves de su vida: conocen bien, en cambio, la violencia domstica, la paidofilia, la hipocresa de los reglamentos.
Por suerte, el comando Cuarto A 1967 no llev el plan de venganza ms all del ensueo; por suerte tambin para nosotros, aunque todava me pregunto qu hara si me encontrara frente a frente a don Agustn. Frente a los miniencapuchados, digo que estos cabros no llegaron de Marte en un platillo volador: son hijos de todos nosotros, y todava usan cuadernos de composicin.
|
|
|