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13
de
Agosto
del
2003
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Muerta a golpes
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Me gustara creer que la noticia del asesinato de la actriz francesa va a crear algo de conciencia sobre la magnitud y los alcances de la discriminacin de gnero, pero me cuesta abrigar mucho optimismo en una sociedad que todava sigue pendiente de los edictos del Vaticano -smbolo histrico del silenciamiento de las mujeres- y donde todava se presume que la liberacin femenina es un lujo que todava no nos podemos dar.
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Un energmeno tena que matar a puetes a una hija de la fama para que apareciera en los medios una noticia que, en rigor, no tendra que ser ninguna novedad. La muerte de Marie Trintignant fue el trgico resultado de uno de los millones de casos de abuso que se dan en el mundo todos los das. Porque las golpizas que los hombres les propinan a las mujeres son cosa de cada minuto en este lindo planeta.
En Estados Unidos mueren 4 mil mujeres al ao por esta causa: una decena de Marie Trintignant por da. En el pas que nos toc en gracia, la situacin no es mejor. Dos de cada tres mujeres reconocen haber sido blanco de agresiones de su pareja. Una de cuatro ha sido agredida fsicamente, mientras que una de cada tres ha sufrido maltratos sicolgicos: insultos, amenazas, intimidaciones y humillaciones varias. El 70 por ciento de estas mujeres reconoce haber sufrido abusos ms de una vez al ao.
Para algunas, esto es pan de cada da, ao tras ao, y muchas veces ante vista y paciencia de familiares, amigos y vecinos que no se atreven a intervenir, o que piensan que "es cosa de la pareja", y que as ha sido desde que a Adn le arrancaron la famosa costilla. De diez mujeres violentadas, ocho son vctimas en su propia casa (Y eso que no estamos contando el abuso sexual).
Otros datos ms: segn la OEA, la principal causa de atencin mdica a las mujeres entre 14 y 44 aos de edad es la violencia domstica. La misma OEA indica que el 15% del PNB de Amrica Latina se gasta en paliar las mltiples consecuencias de la violencia endmica contra las mujeres.
Podra seguir dando cifras, porque las estadsticas son abundantes, pero no es necesario recurrir a ellas para darse cuenta del problema. Es cosa de abrir los ojos y los odos. Es cosa de abrir el corazn tambin.
Una amiga muy cercana acaba de salir de un matrimonio en el que el marido, sistemticamente, la someta a todo tipo de abusos. Tuvo que separarse a la chilena, claro, sin contar con el instrumento jurdico del divorcio que la pudo haber protegido legal y econmicamente a ella y a sus hijos. Si en el trabajo se enteran de que est separada, se arriesga a que la despidan -sus jefes son de una poderosa secta derechista ultra catlica-. El dao fsico que el patn le caus en dos dcadas de golpizas y pateaduras fue enorme: le afect permanentemente la funcin de rganos vitales y la integridad de la columna vertebral. El dao emocional y espiritual, acaso igual de permanente, es menos visible, pero no por eso menos profundo. Estoy seguro de que cada persona que lee esta columna conocer a alguien en una situacin similar.
Persisten varios mitos acerca de este problema. El primero es que esto le pasa a unas pocas mujeres. Esto no es cierto, y lo corroboran las estadsticas antes citadas. El segundo es que se trata de explosiones espordicas, reacciones excepcionales y poco frecuentes, debido a prdidas momentneas de control por parte del agresor. Los estudios indican, sin embargo, que el abuso fsico se encuentra enraizado en situaciones inherentemente opresivas y violentas, donde el poder lo ejercen sin contrapeso significativo los hombres; por lo tanto, se trata en la mayora de los casos de abusos sistemticos y frecuentes, casi predecibles.
Como lo demuestra el caso de Marie Trintignant, la violencia domstica no respeta barreras culturales ni sociales. La amiga a quien me refera antes es profesional universitaria, y como ella hay muchas ms que siguen soportando una vida infernal sin atreverse a hacer nada, por temor a las represalias. El caso de la actriz francesa adems desmiente otro mito muy extendido: que se trata de agresiones relativamente menores, que no causan mayor dao. De hecho, cerca de un tercio de las atenciones de urgencia a mujeres en los Estados Unidos se originan en este tipo de agresiones.
A pesar de que resulte difcil creerlo, no es fcil salir de este ciclo, porque la mujer al rebelarse o resistir puede desatar un grado de violencia an mayor. El 75% de los ataques que terminan en hospitalizaciones se producen una vez que la mujer intenta acabar con la relacin abusiva o estampa una denuncia. De esto se desprende que hay muchas mujeres que prefieren mantener en secreto su sufrimiento, recurriendo a todo tipo de explicaciones para justificar las huellas fsicas y anmicas de su maltrato.
El abuso domstico no se da en el vaco, sino en una dinmica ms amplia de relaciones de poder entre hombres y mujeres. Hace poco se revel en una encuesta que los chilenos tienen opiniones francamente antediluvianas acerca de los roles de gnero: "la mujer, en la cocina, a pata pel y preada". No s si ser coincidencia que estas encuestas se dieran a conocer cuando se debata el divorcio en el parlamento. Estas opiniones, aunque no se expresen de manera tan grosera, reflejan el menosprecio que existe por los derechos de la mujer -no slo los econmicos, sino los derechos reproductivos que se reconocen en los pases con los que pretendemos comerciar de igual a igual- y la falta de conciencia que existe acerca de la desigualdad de gnero en nuestra sociedad.
Chile es un pas donde impera un machismo vergonzoso, donde la voz de las mujeres simplemente no lleva el mismo peso que la de los hombres. Como muestra, un botn mnimo. D usted una vueltecita por las pginas de los diarios nacionales donde regularmente se publican columnas de opinin. En La Tercera, de 17 columnistas, TODOS son hombres. En El Mercurio, entre una decena de columnistas estables, CERO mujeres. En este medio, El Mostrador.cl, que trata de marcar pautas de pluralismo, de unos cuarenta columnistas, hay ocho mujeres: Sara Larran, Gladys Marn, Ana Luiza Machado, Clarisa Hardy, Malva Espinosa, Mara Isabel Gonzlez, Kena Lorenzini y Alejandra Ziga.
Esta ausencia de voz se da en todos los medios y todas las esferas, y corresponde a una invisibilidad que es venenosamente daina para nuestra sociedad. No saquemos como contraejemplos a la canciller ni a la ministra de Defensa, que son excepciones a una regla frrea y que tienen que andar probando que el poder no afecta su femineidad, o tolerar escrutinios pueriles acerca de su vestimenta, su apariencia fsica y su vida sentimental. Si hubiera igualdad, la mitad de los puestos pblicos deberan estar en manos de mujeres. Ni ms ni menos.
En lo que me demor en escribir esta columna, varias mujeres cuyos nombres jams vamos a conocer habrn sufrido la misma suerte de Marie Trintignant, alguna de ellas quizs en nuestro pas. Me gustara creer que la noticia del asesinato de la actriz francesa va a crear algo de conciencia sobre la magnitud y los alcances de la discriminacin de gnero, pero me cuesta abrigar mucho optimismo en una sociedad que todava sigue pendiente de los edictos del Vaticano -smbolo histrico del silenciamiento de las mujeres- y donde todava se presume que la liberacin femenina es un lujo que todava no nos podemos dar.
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