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Mircoles 13 de agosto de 2003









El teatro alucinante de la historia
Texto: Roberto Castillo
Fotos:



Ms artculos de:
La vida por delante



Temas


2 de Agosto de 2002




Roberto Castillo

La obra se cierra, sin pena ni gloria (o era sin pena ni miedo?) con una escena que podra ser del teatro del absurdo: al centro de la escena est el General de los Mil Disfraces, tambalendose. Lo apuntalan o lo acosan? la Muerte Lenta con su guadaa, la Memoria Arisca con su velo de treinta capas, y la Virgen del Carmen con lo que parece ser una bazuka en brazos. Un enano, bufn de corte, tira de la manga del general y le muestra un documento, sealndole la salida, con una reverencia. En la cara del viejo soldado resbala un brillo que pudiera ser sudor o bien una lgrima de autocompasin. Hace mutis por el foro, pero se vuelve a asomar, indeciso. El poco pblico que queda, aunque sabe que se trata del final, no sabe si empezar a aplaudir o a disgregarse.

Con el sobreseimiento de Pinochet y sus secuelas concluye el drama que empez en la primavera equvoca de 1973. Muchos de nosotros, a las buenas o a las malas, hemos sido parte del elenco, ya sea como actores, guionistas, utileros o apuntadores. Como autores colectivos de esta especie de auto de fe, podemos evaluar bien los aciertos y los errores de la obra. Este podra ser un veredicto provisorio: "A pesar de su argumento sangriento y bizantino, de actuaciones de mala calidad, y de su duracin exagerada (treinta aos es un peln demasiado), la obra se defiende desde el punto de vista artstico. Su principal mrito es que cuenta con tres hilos conductores de buena estirpe: los temas de la locura y la muerte, bien trenzados, como debe ser, con el leit motiv de la enfermedad".

Apretemos el rewind. Un general-doktor del aire, miembro inestable del elenco, diagnostica con dureza, ya en el primer acto, al bajarse de su Hawker Hunter, que hay que extirpar un cncer. Resulta que el cncer est bastante metastizado. Receta: ciruga de corvo y yatagn con fuertes dosis de quimioterapia, es decir de esos ccteles qumicos que matan clulas malignas y clulas benignas sin distincin, a rajatabla.

Forward: "Estamos en guerra, seores", retumba una voz en el quirfano, varias veces, en off. Adems, los cirujanos decretan un rgimen severo de terapia de aversin (hipnosis, reclusin, relegacin y electroshock, entre otros castigos) as como una dieta punitivamente escasa para las partes del organismo ms propensas a albergar el Gran Mal.

Fast forward: El tratamiento tiene el efecto contrario al esperado por los galenos. El organismo reacciona con anticuerpos y le dice NO al remedio, que se confunde a esas alturas con la supuesta enfermedad. Gran locura. Pause.

Play, continuemos. El General de los Mil Disfraces se saca y se pone sucesivamente anteojos oscuros, gorras altas y estrellas multiplicadas, tenidas de combate, capas funreas, espadas de museo, uniformes de prcer, anillos como manoplas, perlas de corbata, jockeys de abuelito con gripe, camisas de fuerza, bastones con empuadura de plata. Ya no le va quedando qu ponerse, condenado a disfrazarse eternamente, a como d lugar, para evitar que se le venga encima el teln y el famoso juicio de la historia, que son la misma cosa.

Record, veredicto final: Como obra teatral est bien; como Gran pica de Nuestras Vidas, funcion por bastante tiempo. El problema es que el pblico se hizo escaso; los que estn en el escenario son cada vez menos y repiten hasta el cansancio sus parlamentos gastados. El actor envejecido que representa al General Enredado en Sus Propios Simulacros sigue gesticulando porque, debajo de todas las mscaras, sabe muy bien que nunca se podr bajar de ese tablado sin que lo reconozcan en la calle. O sin que se encuentre, en una vuelta de la esquina, por dar un ejemplo al azar, con unos chiquillos cazando lagartijas, o con cuatro mil tipos piluchos retozando en las calles de Santiago, cosas bien peligrosas dado el conocido deterioro de su salud mental. Stop.

Por supuesto, sta es una manera light de contar el cuento de cmo el general evadi finalmente responder a la justicia; acaso sea la menos vergonzante, la ms digerible por ahora, dadas las limitaciones de nuestra democracia. Pero no es la nica versin, ni menos la versin final. Y pese a todo, el hecho mismo de que haya ms de una manera de mirar la historia, de escribirla y de interpretarla, es seal de que el general se fue, al final, tratando de disimular una amarga derrota.

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El Mercurio
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