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Cuerpos para la foto
Roberto Castillo*
Roberto Castillo*
El reciente acto de piluchismo colectivo ha sido visto por algunos como el fin de la transicin. Otros lo interpretan como seal inequvoca de que el apocalipsis ya lleg a Chile. No haber sabido antes que desfilar en pelotas (como deca Cervantes) era el secreto para terminar la transicin! Una parada nudista de todas las fuerzas vivas del pas, codo a codo y charcha a charcha con los poderes fcticos, en el valo del parque O'Higgins, y tarn!, listos para el siglo veintiuno. La lstima es que frente al Bellas Artes, a pesar de la voluntad de los valientes nudistas, falt la soltura que uno asocia con una verdadera liberacin. Estuvo ausente la serenidad alegre de quienes no necesitan un operativo policial o mostrar el carn para sacarse las pilchas y exhibir la humanidad. Si fue seal del fin de la transicin, entonces habra que preguntarse: transicin de qu a qu?
Los apocalpticos, por otra parte, pueden tranquilizarse: ni desparpajo demoniaco ni bacanales en la va pblica. No hubo ni siquiera un simulacro de carnaval diablesco, ni siquiera porque, al otro lado del planeta, Ronaldo alcanzaba el pentacampeonato, con ese corte de pelo inspirado sin duda por Satn. Se vieron carreritas para ac y para all, para combatir el fro y sus embarazosas (para los varones de Liliput) consecuencias fisiolgicas, las tallas esperables cuando se juntan ms de dos chilenos ("miren el pajarito", etc.), pero nada parecido a una debacle moral: despus de la volada, vuelta a los ropajes, a la modorra de un domingo invernal y sus estufas. Un modelo de sobriedad colectiva.
Es imposible no darle interpretaciones al evento. Al Presidente le soplaron eso de "pas buena onda" (no vengan con que Lagos usa espontneamente ese tipo de expresiones: "Jos Miguel, dile a Longueira que no sea tan mala onda"), y por ah otros desempolvaron el eslogan deslavado de la alegra bla-bla, o alabaron a Lavn por la tolerancia tan poco Opus Dei que exhibi al conceder los permisos correspondientes. Estas exageraciones indican, ms que nada, la carencia que se pretende negar: si somos tan libres, no queda claro por qu tanto escndalo, por qu surge a la menor provocacin ese gesto tan programado de ponerse a cantar la Cancin Nacional, de echar a volar banderas, de armar un ambiente de frenes patritico. Es un misterio para m la facilidad con que en Chile lo hacemos todo "por la patria", hasta un gesto tan ntimo como el de desnudarse. Otro misterio es que hay gente que se puede sentir libre aun si est consciente de que se trata de una "libertad irrepetible", como dijo una periodista que se atrevi a escribir desde la subjetividad de su propia desnudez.
Igual, con todo el escepticismo de alguien que no se empelota en pblico ni amarrado, encuentro algo conmovedor en todo esto. Me conmueven sobre todo la vulnerabilidad y la belleza variopinta de esos tres mil o cuatro mil cuerpos (depende de quin cuenta la historia) brillando con todas las tonalidades de la piel en el hielo severo de Santiago. Al mirarlos, hago ma su lucha contra la vergenza, me apropio de la sensacin de estar ganndoles la batalla a temores tan enraizados, aunque sea a punta de risas nerviosas, de grititos y de ceaches (otra vez, patrioteras tan raras que no se ven en otras partes, ni siquiera en la Nueva York post 11-de-septiembre).
Al ver tres mil o cuatro mil cuerpos apiados en el asfalto de las calles de Santiago, o bien desplazndose a saltos y carreritas, con incredulidad y alborozo, hacia el redil indicado, no pude dejar de pensar en la misma cantidad de cuerpos que pululan desnudos en los corredores labernticos de nuestra historia reciente. Pens en tres mil o cuatro mil cuerpos indefensos, ultrajados, escondidos, olvidados, repartidos por las montaas y los mares mencionados en ese mismo himno nacional que cantaron con tanto entusiasmo los piluchos compatriotas frente al Bellas Artes. Y me dije que es ms saludable tener en la mente los tres mil o cuatro mil cuerpos vivos y vibrantes del domingo pasado, aun con su alegra forzada de herosmo post-carrete. Los incorporo al repertorio de imgenes de mi pas no para borrar la memoria de los cuerpos violentados, sino como emblema de la libertad que buscamos con porfa y como encarnacin de la tibia fragilidad que nos hermana y nos iguala, a pesar de nuestra infinita variedad, all donde todo cuenta ms: debajo de la ropa.
*Ph.D. Harvard, Director de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Haveford, Pensilvania, autor de Muriendo por la dulce patria ma.
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