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18
de
Enero
del
2003
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Gato Alquinta: la banda sonora de nuestra vida
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Con el Gato Alquinta se nos fue un tesoro. Tal vez los que andan intoxicados o adormecidos por la bisutera de aserejs, axs y la chatarra que nos venden los Dick Clarks criollos, no saben lo que se perdieron.
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En los malls, donde los llamados ciudadanos de los Estados Unidos se renen en la eterna misa del consumo ritual, hay una cadena de restaurantes que se llama "American Bandstand". El nombre se refiere a un programa que comenz en Filadelfia en los aos 50 y que consista en poner msica, hacer bailar parejas de adolescentes, y televisarlos en vivo. Fue una especie de ancestro darwiniano de nuestra "Msica Libre", con la diferencia que la coreografa, la vestimenta y todo el condimento extra lo ponan gratis los teenagers.
"American Bandstand" tuvo un xito espectacular y larga vida: dur desde 1952 hasta 1989; desde la cruzada anticomunista de McCarthy hasta la cruzada anticomunista de Reagan.
Esos jovencitos y jovencitas elegidos como bailarines de planta, imitados por toda una generacin como modelos de cool, existen hoy en el anonimato. El presentador Dick Clark se hizo hipermillonario, claro, y para sacarle ms leche a la vaca se le ocurri recrear en una cadena de restaurantes el ambiente de los aos 50 y 60. Invent un lema para su empresa: "La msica es la banda sonora de nuestras vidas". Estos restaurantes tienen un ambiente de falsedad pattica: falsos Wurlitzers, falsa memorabilia, falsos uniformes.
Los empleados de los restaurantes tienen que sonrer falsamente a pesar del sueldo mnimo y los turnos dobles. Y los consumidores entran y salen de esa falsa mquina del tiempo, chasqueando los dedos al ritmo del twist, cumpliendo su deber en el ciclo de consumo que comenzaron en la adolescencia. La cara sonriente del sumo sacerdote, Dick Clark, les asegura que el tiempo no ha pasado: l sigue igual, gracias a la magia combinada de todas las ramas de la ciruga esttica.
Estaba escribiendo esto cuando me enter de la muerte del Gato Alquinta. Fue una coincidencia que en ese mismo instante estaba enfrascado en un debate interior entre mi yo escptico y mi yo optimista. El tema era la msica popular, la cultura popular en general, y la pregunta era si se puede rescatar algo de todo el comercialismo que la corroe por todas partes. Quin se salva de venderse o de ser vendido como mercanca, al estilo de Dick Clark? En Chile, me respond, tenemos la suerte de tener a Los Jaivas. La banda sonora de nuestra historia los tiene a ellos de msica de fondo, sin duda, y la voz del Gato Alquinta es la voz de Los Jaivas.
Hablo por mi propia experiencia de haber tamboreado en el pupitre del colegio el ritmo de "Todos juntos", y de haberle hecho empeo a sacar en una flauta de plstico el solo de quena. Los Jaivas saban ya que en la msica todo vale y que mezclar lo elctrico con lo folclrico no tena por que ser hereja.
Hablo de la intimidad enigmtica y clida que el Gato le sac a la letra indescifrable de "Mira niita", en tiempos en que la intimidad era un refugio frgil contra los huracanes que se nos estaban viniendo encima, por all por 1973. No s si se acuerdan, no s si se pueden imaginar los que no nacan todava.
Hablo de un pasillo en la universidad donde se oa el piano enigmtico y dulce de "La conquistada" suavizando el hielo del invierno de 1977, sacndole calorcito musical al poco sol que se asomaba por esos patios llenos de sospechas.
Hablo de un galpn junto a los muelles plomos de Rotterdam, algunos aos ms tarde, cuando vi a Los Jaivas por primera vez en persona; cientos de chilenos venidos de todos los rincones del mundo a un encuentro del exilio, bailando guajiras csmicas y gozando con los ritmos que los Jaivas saben inventar mejor que nadie: La Tirana con King Crimson, la Violeta con Pink Floyd, Neruda con Jethro Tull, el charango entreverado, pelndose en un mano a mano del carajo con la guitarra elctrica y con la batera, para borrar distancias, tiempos, y aoranzas, tocando a todo chancho.
Hablo de asomarse a la Puerta del Sol que se abre sobre Machu Picchu al final del Camino del Inca, de soltar la mochila y, en vez de recitar sin msica los versos de Neruda, ponerse el walkman mental y cantar "Sube a nacer conmigo hermano-oo".
Hablo de las innumerables veces en que me he asomado a la ventanilla del avin que me traa de vuelta a Chile, hacindole la segunda, sottovoce, a la voz inimitable del Gato Alquinta, como la de un hermano que sabe de ausencias: siento el arrullo de tu calor, noches y luces traen la voz del firmamento: la cordillera, alta me espera.
Con el Gato Alquinta se nos fue un tesoro. Tal vez los que andan intoxicados o adormecidos por la bisutera de aserejs, axs y la chatarra que nos venden los Dick Clarks criollos, no saben lo que se perdieron. Para los dems, es un consuelo saber que nos queda su voz, grabada a fuego en tantas partes. Tambin nos podemos consolar sabiendo que tenemos por delante la pelcula inconclusa de nuestra historia. No habra mejor homenaje que tratar de hacer un guin ms digno para una banda de sonido tan excelente como la que nos han regalado los entraables Jaivas y el eterno Gato Alquinta.
(*) escritor y profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Haverford, EE.UU.
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