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4
de
Diciembre
del
2002
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La ltima aventura de Papelucho: Mac Iver contraataca
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Me he estado refiriendo a Papelucho en pasado, porque para m el personaje se desvaneci cuando le que su modelo principal haba sido el obispo Cox. Se me descascar la ilusin de toda una vida; la historia chilena, que sin ser moderada puede ser irnica, termin por matarme a Papelucho.
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Hace cien aos Enrique Mac Iver diagnosticaba: "me parece que no somos felices". En ese discurso se haca preguntas que hoy retoman su vigencia: "qu ataja el poderoso vuelo que haba tomado la Repblica?". Carlos Franz escriba hace un tiempo que urga rebelarse contra la predisposicin chilena al pesimismo representada por Mac Iver, y anteponerle lo que llam la "moderacin irnica".
Lo cierto es que en Chile no es fcil ser moderado e irnico. No porque no se den ambas virtudes entre nosotros, sino porque para practicarlas hay que pagar un precio muy alto, especialmente si se trata de desplegarlas al mismo tiempo.
Somos extremos en nuestra moderacin y demasiado serios para ser irnicos en serio. El resultado es que nos quedamos pegados en un limbo de sobria perplejidad, cuando no nos consume la melancola paralizante que preocupaba a Mac Iver. De verdad parece que nos cuesta ser felices, sobre todo con aos como el que se acaba.
El ao 2002 va a pasar a la historia como el triunfo del desengao. Apareci el perdido teniente Bello en uniforme de general de la FACH, lo mordi un colmillo blanco debajo de una mesa que de puro coja colaps, y se vieron otros portentos: milicos vendindoles armas a los narcos, empresarios seudoizquierdosos coimandose con funcionarios pblicos, la prensa derechista pontificando sobre la probidad, financistas escandalizados -ejem- por chanchullos de plata, curas con guaguas y hasta un obispo desterrado por ser demasiado "afectuoso" con nios y jovencitos.
Ninguna de las revelaciones medio apocalpticas de este ao ha sido realmente una sorpresa para m, con una excepcin: la del obispo. No porque no supiera de los escndalos de pedofilia en la iglesia, sino por un detalle que podra parecer anecdtico: el aristocrtico obispo Francisco Jos Cox fue nada menos que el principal modelo de Papelucho.
Por deformacin profesional, tiendo a creer que en la literatura se encuentran las claves para descifrar nuestros signos. Chile es una nacin hecha de gestas de papel, grandes y pequeas. Otros pases tienen monumentos arqueolgicos como piedras angulares de su identidad colectiva: nosotros, terremoteados y en el fin del mundo, tenemos puros monumentos de papel y tinta. Chile, frtil bla bla bl, Chile, largo ptalo de mar y vino y nieve, bla bla bl, ni miedo ni pena, etctera.
Las letras nos han constituido como nacin. Recordemos que Chile fue pas de historiadores y luego de poetas, antes de la invasin de los body-snatchers, perdn, de los economistas (esto ltimo es broma, un intento de practicar la moderacin irnica).
Militares, curas y polticos corruptos como los nuestros hay en todas partes del mundo, a dos chauchas la docena, pero nuestros personajes literarios son otro cuento. Entre ellos Papelucho fue siempre sagrado, ecumnico, una de las pocas cosas acerca de las cuales los chilenos podamos ponernos de acuerdo. Cmo ser de patagina la turbulencia astral de este annus horribilis que hasta l ha sido tocado por la gran mcula.
En Mala onda, Fuguet rapt a Papelucho adolescente -los plagios son el ingrediente secreto de la buena literatura- y lo mand a dar vueltas de gallina ciega por el Santiago de la dictadura. Le dio la chapa "Matas Vicua", pero no enga a nadie con esa martingala. Le reconocemos a Matas la voz, la mirada, y palpamos su soledad de eterno casi-hurfano, el pcaro hambriento de cario.
Fuguet no ha sido el nico en apropiarse del flacuchento hroe infantil chileno. Skrmeta lo baj del barrio alto a uoa, lo hizo colocolino y lo mand al exilio en Berln. Le conserv la agudeza del nio que anda siempre botella y en su mundo, pero que atina bastante bien en toda circunstancia. Se podra incluso decir que Donoso lo meti a su manera en Casa de campo, en esa rebelin de los cabros chicos que desemboca en el golpe de fuerza del mayordomo, lcida alegora de nuestra historia reciente.
Estos escritores acorralaron a Papelucho en la mquina del tiempo y de la historia y lo obligaron a crecer en la realidad del Chile post golpe.
Sin embargo, por potentes que fueran estas reencarnaciones, reciclajes y refrituras del personaje, Papelucho era capaz de resistir. Releyendo el original uno reecontraba al nio eterno que vive suspendido en su poca inocentona y algo pueril, pero entretenida. Era un Harry Potter criollo y dix-leso, capaz de leer la historia nacional como quien lee historietas. Recuerdo su versin del Desastre de Rancagua como una performance febril, mezcla de artculo de The Clinic con episodio de los Tres Chiflados, o sus conversaciones delirantes con Lautaro y otros hroes de la patria.
Papelucho nunca fue pariente de Mafalda, porque al revs de la hija de Quino l se desentenda de la historia, muy a la chilena: la interpretaba a su pinta, lo mismo que haca con su propia narrativa cotidiana. Si se le ensuciaban los pantalones con grasa, los sumerga en un tambor de aceite, y era capaz de embarcarse en toda una produccin, todo para disimular la mancha.
Papelucho poda evitar las consecuencias de sus actos porque refin el chilensimo recurso de "hacerse el leso" como estrategia frente al mundo. Como Harry Potter, Papelucho desafiaba las leyes de la fsica pero sin manual de brujera, armado con su patudez y la ocurrencia deschavetada tpica del cabro que pasa demasiado tiempo solo: intercambiaba los cables, para ver si salan luces del telfono y voces de la ampolleta. Su lgica, como la de todos los nios, se mova a veces al filo de la demencia.
Me he estado refiriendo a Papelucho en pasado, porque para m el personaje se desvaneci cuando le que su modelo principal haba sido el obispo Cox. Se me descascar la ilusin de toda una vida; la historia chilena, que sin ser moderada puede ser irnica, termin por matarme a Papelucho. Antes poda sostener la quimera que el nio que inspir a Marcela Paz se las habra arreglado para sobrevivir invicto las catstrofes y los dilemas de la vida adulta en este pas de locos. Uno poda soar, esperanzado, que Papelucho adulto le hubiera sacado partido a su excelente "detector de mierda" (como deca Hemingway tan finamente) para navegar por la vida sin perder su integridad y su bondad inocentona pero genuina.
Ahora que Papelucho adulto sac nombre, apellidos y un posible prontuario, no pude hacerme ms el dix-leso. Por injusto que sea, Papelucho se me convirti en una especie de Dorian Gray sbitamente envejecido; nunca ms podr leerlo sin pensar en el obispo que tuvo que escapar del pas del desengao, dejando un reguero de transgresiones y abusos por investigar.
Al despedirse, como respondiendo a Mac Iver, este Papelucho degradado me record su impresin infantil acerca de la felicidad: "resulta que no he sido feliz ms que una vez en mi vida, y no me acuerdo cundo fue".
A lo mejor es cierto que nuestra felicidad esquiva de casi-hurfanos depende, malignamente, del olvido. Si fuera as, habra que pararse a preguntar, en la esquina imaginaria de Mac Iver con Papelucho, si esa felicidad desmemoriada vale de veras la pena. En cien aos ms tal vez tendremos una respuesta ms definitiva.
(*) escritor y profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Haverford, EE.UU.
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