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8
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Octubre
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2002
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Mesas y misas nacionales
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"Herir el alma nacional" es una frase potente. Son palabras de alto octanaje que arden a temperaturas capaces de ablandar torres de acero o corazones de piedra. Pero hay que mencionarlas con cautela, porque tambin son capaces de abochornar con su resolana a quien las pronuncia.
La frase presupone la existencia de eso que se podra llamar "el alma nacional", susceptible de ser lo suficientemente corprea como para resultar "herida". Qu queremos decir con este arrollado criollo de metforas? Dnde ubicaramos el sitio del alma nacional, en qu recinto se encuentra, quines la custodian o dan cuenta de sus heridas?
Las respuestas corren el riesgo de ser igual de metafricas y abstractas: el alma nacional se situara, por ejemplo, en los "valores patrios", se alojara en la cacha de la espada de O'Higgins, o fulgurara en la aureola de Prat. El "alma nacional", en medio de tanta abstraccin, significa tanto que al final no significa nada; es un comodn expresivo que puede ser interpretado segn la intencin de quien se lo saque de la manga.
Alguien preguntar qu tiene de malo que el concepto de "alma nacional" sea abstracto. Acaso no es la idea misma de nacin el producto de un acto imaginativo que permite construir una comunidad donde antes exista disgregacin o discordia? Que no dependemos de estas abstracciones en todo lo que hacemos en comunidad? Claro que s: las abstracciones son inevitables.
Esto se viene dando por sentado entre quienes han pensado el tema de la identidad nacional, desde Renan a Homi Bhabha, pasando por Anderson y su cannico Imagined Communities: que la nacin es un invento, el producto de una construccin muy selectiva. La nacin es una historia que nos contamos reiteradamente acerca de nosotros mismos, y cuyo contenido y significado estn en constante pugna y transformacin.
El pensamiento contemporneo acerca del concepto de nacin pone en tela de juicio con particular intensidad el uso de nociones esencialistas y homogeneizantes, precisamente las que son similares a la de "alma nacional" y que an circulan con autoridad en nuestro medio: "el carcter chileno", la "chilenidad", la "raza chilena". El cuestionamiento de estas ideas no es solamente cosa de tericos, sino que representa un zeitgeist emergente -pero bien delineado- entre la poblacin, como lo indican los resultados del estudio PNUD.
Se revela ah que el cuento nico acerca de la identidad nacional est perdiendo la potencia de antao. Por qu surge entonces en boca del presidente eso de "herir el alma nacional"? La frase no est inscrita dentro de una elucubracin abstracta acerca de la patria, sino dentro de un contexto poltico coyuntural, concreto e identificable. Se refiere al evidente cojear de la endeble Mesa de Dilogo, que supuestamente haba contribuido a una reconciliacin nacional mediante la participacin leal de las Fuerzas Armadas.
El problema es ste: el Presidente inscribe su queja dentro del campo de la retrica por la sencilla razn que no le queda otra, carece de atribuciones y de poder para una confrontacin ms concreta. Las Fuerzas Armadas no han "herido el alma nacional", sino que han matado, torturado, desaparecido gente y luego han dejado de cumplir el compromiso legal de esclarecer sus actos. En lugar de eso, han mentido y han ofuscado, recordndole a la civilidad que se mandan solas.
El problema no es la "herida en el alma nacional", sino la Constitucin que el poder civil ha sido incapaz de cambiar y que limita su accionar a un corralito estrecho desde el cual no pueden tocar los enclaves dictatoriales.
La confusin entre lo abstracto y lo concreto se revela en la satisfaccin desproporcionada con que algunos interpretaron la misa con que el Ejrcito honr la memoria del general Prats, asesinado en 1974 (quin lo duda con honestidad?) por rdenes de la dictadura encabezada por el mismo ejrcito. En lugar de misas y comuniones con ruedas de tanque anfibio, lo que corresponde es la colaboracin judicial, concreta, tangible, a rajatabla, y pblica, en el esclarecimiento del crimen.
Slo entonces, cuando se vea la evidencia palpable de su regeneracin democrtica, el ejrcito de Chile -parafraseando lo que Neruda dijo de Lautaro- ser digno de su pueblo, porque fueron muchos los atropellos y faltaran demasiadas misas para resarcirlos.
Las misas y los smbolos patrios no nos van a servir de nada, a menos que de verdad el Papa, enojado con las herejas de Fondart, nos santifique a Arturo Prat gracias a la ltima tentacin del cardenal Medina.
El estado, la iglesia y las fuerzas armadas sern unificados entonces por el hroe de Iquique, y el pas ser convertido en Tierra Santa, un paroxismo terremtico de orgullo nacional y un largo espasmo de misas bicentenarias celebradas en una gran mesa infinitamente coja. Y con la torre de Lavn como un gran falo, perdn, faro, alumbrando el porvenir de Chile, una larga y estrecha cicatriz situada al fin de la historia.
(*) escritor y profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Haverford, EE.UU.
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