Capítulo de la novela Muriendo por la dulce patria mía (Planeta, 1998)

Roberto Castillo Sandoval

El insomnio

Nueva York, 1989

 

 

1

 

Hacia finales de mayo de 1989 recibí una carta mecanografiada de la Federación Chilena de Box que me informaba lo que ya sabía: que Arturo Godoy había "dejado de existir" hacía un tiempo. Además, se me pedía muy de soslayo -con esa amabilidad tan chilena que se las arregla para ser distante- que desistiera de pedir más información sobre él, porque un "periodista destacado" ya había obtenido de la familia del campeón la promesa de la exclusividad para una biografía. La firmaba Arturo Godoy, hijo, burócrata del box. Me descorazonó la noticia de que alguien ya estuviera trabajando sobre la vida de Godoy, sobre todo si era un periodista que lo había tratado personalmente. Mi rival, ese viejo periodista desconocido, me llevaba una ventaja irremontable, porque mi fuente principal, las memorias perdidas de Meredith -o lo que me quedaba de ellas- documentaban una amistad abruptamente interrumpida a mediados de los años 40. De ahí para adelante no tenía casi nada. Decidí tirar la toalla, abrumado por este contratiempo y por otros pesares que mejor no nombro.

Pero como a nadie le falta Dios, unos días más tarde me llegó un sobre manchado y arrugado con remitente de "A. Weill, New York City". Reconocí el apellido de inmediato. Apenas lo podía creer ¿Cómo era posible que el manager de Godoy estuviera vivo si el pupilo que era mucho más joven ya había muerto? Calculé que Al Weill andaría bordeando los 90 años, de ser él quien me escribía. Rasgué el sobre y comprobé que la carta no era de Al Weill, sino de su hermano, Mel. Era una nota más bien cordial en que aceptaba indirectamente una entrevista. Inmediatamente llamé a la estación de trenes y reservé un pasaje a Nueva York en el Metroliner de la mañana siguiente. El resto del día me lo pasé recolectando deudas y pidiendo prestado lo que me faltaba para pagar el viaje.

 

La noche antes de encontrarme con Weill, el insomnio me ganó la partida una vez más. Resignado, me levanté y esperé el alba mirando por la ventana y preparándome para la entrevista. Cuando los edificios cristalinos de Boston, al otro lado del río Charles, se tiñeron de los colores del amanecer, suspendí mi vigilia y me duché. Calculaba que sin mucho apuro podría estar en Nueva York antes del mediodía. Fiel a mi ritual, me afeité y me revisé cuidadosamente en el espejo antes de salir. La falta de sueño había hecho estragos, y todavía se me notaba demasiado la cicatriz del accidente. Pasé por la biblioteca para verificar un par de datos sobre la vida de Weill. Tuve que esconderme a buitrear en un rincón de ese mausoleo a causa de mis nervios y del exceso de alcohol con que había intentado provocar el sueño. Vomitar me alivió y me compuso el ánimo. La edad se me vino encima sin carnaval ni comparsa, me fui cantando en el metro, camino a la estación del Sur, tratando de disimular con pastillas de menta mi aliento bilioso.

El tren avanzaba veloz reventando insectos contra sus ventanillas polarizadas, mientras yo observaba con desdén el previsible orden de esos muellecitos y la blancura reluciente de las casas de Nueva Inglaterra. Encandilado con el brillo del agua, fruncí las pestañas y entonces el Atlántico gris y tranquilo se volvió verde, azul, y Pacífico: comenzaba "El Mar Impostor", una de mis películas imaginarias favoritas, repetida hasta el cansancio en cada uno de mis interminables viajes. ¿Cuántos buses, trenes, aviones y barcos habré tomado en mi vida? Cada vez que trato de sacar la cuenta, me tengo que dar por vencido. Lo que sé bien es que en cada uno de ellos el paisaje me hace trampas y se disfraza de los lugares añorados.

Sonreí de placer cuando empecé a sentir la modorra que me producía el vaivén del carro. Parecía que por esa época podía conciliar el sueño nada más que en un vehículo en marcha, o arrumbado en la mesa de algún bar de mala muerte. Antes de perder la conciencia, me sobresalté al creer que el sol iba hacia el punto cardinal equivocado, o que el tren volvía a la estación de origen, corriendo en la dirección opuesta. Me quedé con la mano sobre el corazón, cerré los ojos como si soñara, y ahí estaba él otra vez.

 

2

Fue la única vez en mi vida que lo vi en persona.

-Gancho, loree para allá, ahí va Arturo Godoy- me susurró un suplementero, apuntándolo con la barbilla. El viejo inmenso se asomó por un segundo de su bruma, nos dedicó una media sonrisa, y siguió su camino, cimbrándose de lado a lado como un transatlántico, ajeno al revuelo que causaba. De espaldas, se me figuraba como una visión salida de una leyenda: un Odiseo añoso y cansado, pero todavía capaz de despertar admiración por su estatura fuera de lo común, la anchura de sus hombros, la fortaleza de sus piernas y el tamaño extraordinario de sus manos. Dejaba estelas de comentarios a su paso, algunos en voz alta, otros tácitos como en las burbujas de los comics, algunos verdaderos y otros -como he sabido después- muy falsos:

-Habría sido campeón mundial si no le hubieran robado la pelea,

-Llegó a campeón mundial de pura suerte,

-El árbitro le pisó un pie de adrede y se lo quebró,

-No tenía pegada,

-Lo que le faltaba era pegar más,

-Pegaba mucho, pero no sabía boxear,

-Fue el único que le aguantó dos peleas a Joe Louis sin que lo noquearan,

-Dicen que le mojaron el piso y por eso se cayó,

-Le metieron trago y mujeres, para debilitarlo, se sabe que tenía debilidad por las rubias,

-Joe Louis dejó que le pegara para sacarle más plata a la revancha,

-Lo dejaron leso con tanto combo en la cabeza que aguantó,

-Un fresco era, un día me siguió por toda la calle Ahumada hasta la Alameda echándome piropos, en eso se entretenía,

-Se divertía pegándoles a los presos cuando estaba de matón de los tiras,

-Fue el único que botó al suelo a Joe Louis,

-No va a haber nunca más un campeón mundial como él,

-Tenía una colección de 150 o 200 ternos y miles de corbatas,

-Terminó sus días con la cabeza buena, allá en Iquique,

-Andaba hablando solo por la calle, dando lástima, vendiendo peinetas en las micros,

-Siempre fue un hombre muy despierto,

-El año 55 me encontré con él en Mac-Iver con Huérfanos y me confundió con un amigo.

 

Retrocedo al instante en que mi mirada se cruzó con la suya esa primera vez, y me veo de uniforme azul y gris, con el bolsón de escolar en la mano. De tan flaco, invisible; boquiabierto, desdentado y orejón, tal como aparezco en las implacables fotos de mi infancia.

He ido acumulando viñetas ajenas de encuentros con Godoy, como quien colecciona postales. No las puedo poner en mi álbum de recortes, pero las puedo evocar en la imaginación: por la Plaza Ñuñoa el viejo púgil junto un muchachito que camina disimuladamente a su lado tratando de comparar el tamaño de sus manos con las del campeón, en las boleterías del Club Hípico haciendo el "tick-off" y espantando patos malos, enseñándoles defensa personal a los tiras y a los milicos, calmando a algún matoncito que quería tirar la manos con el campeón en algún bar de mala muerte, quedándose dormido en el cumpleaños de un amigo, nadando en Constitución, o en la piscina del Estadio Nacional, trotando en una playa y saludando a algún madrugador amigo:

-¿Cómo estoy, Godoy?

-¡Del uno, Aceituno!

Algunas de estas postales son antiguas:

-Arturo cantando "La Huancachina" en una playa de Iquique, rodeado de su séquito, para el "entierro" del Carnaval;

-bailando rumba con una émula de Carmen Miranda en una película norteamericana llamada "El campeón en apuros";

-sacándose una foto con Humphrey Bogart en los estudios de la Paramount,

-llegando al entierro de su madre, con un carro de ferrocarril lleno de maletas y una motocicleta que parecía caballo;

-cargando sacos de guano o de salitre en Caleta Buena;

-buscando desesperado a su mujer, la primera, actriz argentina, en las piezas de un hotel donde ella lo engañaba;

-sorbeteando una cazuela de pava en una hostería del Cajón del Maipo.

-probándose su primer par de zapatos;

-saludando a la verdadera mona Chita de Tarzán.

-a los veintiún años, en el servicio militar, cuando las cámaras fotográficas todavía le causaban un poco de miedo,

-aprendiendo los pasos del tango en Buenos Aires con un negro argentino,

-vestido de huaso con un cacho de chicha en la mano,

-en la madrugada cruzando la Plaza de Armas solitaria,

-en La Moneda conversando con Pedro Aguirre Cerda,

-zambulléndose en la oscuridad de la rada de Iquique, buscando matute en el fondo del mar, cerca de donde estaba hundida la Esmeralda,

-con un bate de béisbol en el Central Park,

-a los doce años, en pelotas, arriba de un botecito, peleando con el mítico tiburón asesino de Caleta Buena.

Pero por encima de todas estas imágenes se repite la más estremecedora: un hombre de veintisiete años con el pelo empapado en sudor enmarcando el rostro magullado, los pómulos y la frente hinchados y con manchones de sangre, los ojos casi totalmente ocultos bajo los moretones y las laceraciones, las cejas cortadas, la nariz hundida y sangrante, los labios abultados, partidos a golpes, la mandíbula desencajada esforzándose dolorosamente para dibujar la mueca de lo que intenta ser una sonrisa. Y el titular glorioso: 'ASI QUEDÓ POR CHILE'.

 

Fragmento de Muriendo por la dulce patria mía (Planeta, 1998), de Roberto Castillo Sandoval